Guía de Pichilemu

Qué hacer en Pichilemu

Pichilemu cabe en dos días y da para dos semanas. Es un pueblo chico con olas de fama mundial, un parque de palmeras frente al mar, una laguna con salinas al sur y, tierra adentro, kilómetros de bosque donde no hay nadie. Esta guía está escrita a quince minutos del centro, desde el bosque, que es exactamente la distancia desde la que conviene mirar el pueblo.

Punta de Lobos, la postal

A unos seis kilómetros al sur del centro está Punta de Lobos, la ola que puso a Pichilemu en el mapa del surf mundial. Aunque nunca hayas subido a una tabla, vale la visita: se llega por camino y se estaciona arriba del acantilado, desde donde se ven los dos morros clavados en el mar y una izquierda larguísima que rompe abajo. Los surfistas bajan por un sendero de tierra hasta la caleta; el resto se queda en el borde mirando. El plan clásico es llegar una hora antes de la puesta de sol, cuando la luz da de lleno contra los morros y el punto se llena de gente en silencio esperando lo mismo. En invierno, con marejadas, las olas se ponen enormes y el espectáculo es otro: no se entra al agua, se mira. Si vas a surfear, aquí el traje grueso no es opcional: el agua está fría todos los meses del año y la corriente pega duro. Y abrígate igual aunque no te metas, porque arriba del acantilado siempre corre viento, incluso los días de sol.

Las playas del centro y el Parque Ross

En el pueblo mismo hay tres playas que se caminan una tras otra. La Playa Principal es la más protegida y la más familiar, con arena ancha y la calle de restaurantes al lado. Pegada a ella está La Puntilla, que es donde aprende a surfear casi todo el mundo: olas más chicas, escuelas que arriendan tabla y traje, y agua fría todo el año. Más al norte aparece Infiernillo, hermosa y brava, con corrientes fuertes: es para mirar, no para nadar. Entre la Playa Principal y el pueblo está el Parque Agustín Ross, con sus palmeras, sus balaustradas blancas y el edificio del antiguo casino, herencia del balneario elegante que Agustín Ross Edwards levantó aquí a comienzos del siglo XX. Es un paseo corto, de media hora, y el mejor lugar del pueblo para tomarse un helado mirando el mar. Un consejo de quien vive cerca: en verano las playas del centro se llenan de verdad los fines de semana, así que si buscas tranquilidad conviene ir temprano en la mañana o después de las siete de la tarde, cuando la luz se pone anaranjada y la arena vuelve a quedar vacía.

Cáhuil, las salinas y el estero

Al sur de Pichilemu, siguiendo la costa, se llega a Cáhuil, donde el estero Nilahue se abre en una laguna enorme antes de entregarse al mar. El paisaje cambia de golpe: en vez de acantilados aparecen espejos de agua cuadriculados, que son las salinas donde se sigue produciendo sal de mar a mano, como hace siglos. Se puede recorrer la llamada ruta de la sal, parar a conversar con los salineros y comprar sal artesanal directamente a quien la cosechó. En el camino hay puestos de empanadas y pescado frito que son parte del rito de cualquier visita, y cerca queda el bosque de petras, un humedal de árboles nativos protegido que se recorre a pie en poco rato. Desde la cabaña son unos treinta minutos en auto y da perfecto para una salida de media tarde, volviendo con la sal y el pan en el maletero. Si puedes elegir la hora, anda al atardecer: con el sol bajo, los espejos de agua de las salinas se ponen rosados y la laguna entera se queda quieta. Es uno de esos lugares que casi nadie fotografía bien y que todo el mundo recuerda.

El bosque, las bicicletas y la noche

El error más común del que viene a Pichilemu es pasar los dos días entre el auto y la arena. La zona tierra adentro —donde está la cabaña— es lo que casi nadie ve: caminos de tierra entre pinos, silencio de verdad y un bosque nativo al que se entra por un sendero que empieza al frente de la casa. Tenemos bicicletas disponibles para dar la vuelta sin planificar nada; una hora pedaleando por los caminos alcanza para entender por qué la gente termina alargando la estadía. Lo otro que hay que hacer aquí es simplemente quedarse de noche. Sin contaminación lumínica, apagando la luz de la terraza y dejando que los ojos se acostumbren diez minutos, el cielo se ve completo: la Vía Láctea de lado a lado en las noches despejadas de verano. Con el fogón encendido y la tinaja andando, esa es la mejor actividad de Pichilemu y no aparece en ninguna guía.

Comer y abastecerse

Pichilemu tiene la vida de restaurantes concentrada cerca de la Playa Principal y hacia la costanera: cocina de mar sencilla, empanadas, cerveza artesanal y varios lugares que abren y cierran según la temporada, así que en invierno conviene preguntar antes de manejar. Para el día a día en la cabaña, el almacén más cercano está en Cardonal de Panilonco, a cinco minutos en auto, y ahí se resuelve lo que falte: pan, bebidas, abarrotes básicos. El supermercado grande, la farmacia, la bencinera y el cajero automático están en Pichilemu, a quince minutos. La recomendación honesta es llegar con la compra grande hecha desde la ciudad —sobre todo carne y verduras si van a usar el quincho—, y dejar el pueblo para el pan fresco y los antojos. Con cocina equipada, comedor y parrilla, la mayoría de los que se quedan acá terminan cocinando más de lo que pensaban. Y si vienen en invierno, vale la pena traer también algo para el fogón de la noche: nada raro, un poco de vino, algo para picar, y el resto lo pone el fuego.

Dónde alojar en Pichilemu

El pueblo es para el día. Para dormir, conviene alejarse un poco: quince minutos tierra adentro el ruido desaparece, el cielo se abre y el fin de semana rinde el doble. Ver los alojamientos de Bosque Escondido.

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Tu base para conocer Pichilemu

Una cabaña en el bosque, a quince minutos del mar.

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